Parecía que todo les marchaba bien. El desaguisado, la broca, las acusaciones, el pleito a muerte estaba en otro lado. Parecía que las cosas iban en el sentido correcto y que el carro completo sería cuestión solo de contar los meses y días que faltan para el siete de junio.
De pronto, con el estruendo propio de la nota roja, el Partido Revolucionario Institucional ha sido sacudido por uno de sus demonios más oscuros: el crimen político.
El tricolor, su candidato a gobernador y el gobernador saliente han sido fulminados por una realidad tan obstinada como elocuente: en el PRI sus asuntos se resuelven a balazos, así como se hacía en el siglo pasado, hace apenas unas décadas.
Junto al crimen de Cecilia Izaguirre, presidente del PRI en el municipio de Launillas, llegó una andanada más. La de Fernando Pérez Espinosa y su candidatura a gobernador por el PRD, PT y Conciencia Popular.
Dos golpes contundentes por necesidad a un partido que no se puede deshacer del escándalo, es su esencia, su naturaleza.
Es simple y descarnado. El diputado suplente de Federico Ángel Badillo, mandó matar a su suegra porque apoyo a otro candidato a la presidencia municipal. Un priísta matando a una priísta. Cuanta miseria hay en la política y en eso que llaman el Nuevo PRI.
Mientras que en Acción Nacional arrecia la guerra interna por el antidemocrático proceso que llevó a Sonia Mendoza a la candidatura para gobernador, en el remedo de izquierda potosina que de nuevo va por los despojos que deja el PRI. No es la primera vez que eso pasa. Cero y van tres.
Con el PAN fracturado y una izquierda desarticulada, el PRI estaba ante el mejor de los mundos posible, sin embargo, está ahora al filo de la navaja. Ayer, cuando Juan Manuel Carreras registró su candidatura a gobernador ante el Consejo Estatal Electoral, San Luis Potosí destacaba en la prensa nacional: crimen político en San Luis Potosí, un diputado manda matar a su suegra y presidenta del PRI en Lagunillas.
Las imágenes que muestran a Javier Patiño Arellano en una fiesta junto al gobernador Fernando Toranzo, despiertan la misma sospecha como le ocurrió a los que se tomaron la foto con José Luis Abarca.
Y está la otra imagen que publicó el portal de noticias Código San Luis. El presunto autor intelectual del crimen a la mesa con Eduardo González Sierra y con Cándido Ochoa Rojas. Los tres en una fiesta, en una comilona.
El PRI de nuevo en su propio infierno, el de las traiciones. De eso se alimentan y de eso crecen muchos priístas que en la búsqueda del poder no tienen ni encuentran límites. La traición y la incongruencia, cartas de presentación de un partido donde sus dirigentes traicionan hoy y mañana también.
El arranque de la aventura electoral del PRI y su alianza con el PVEM y PNA empieza sobre las arenas movedizas del escándalo.
Un presunto asesino de una priísta que es amigo del gobernador, un candidato a gobernador que ¿es o fue? colaborador del gobernador, un riesgo potencial de cristalizar un proyecto transexenal de gobierno, un ex presidente del PRI que se va a la oposición y el lánguido y precario saldo de un gobierno poquitero y plañidero como el de Toranzo no son precisamente las mejores circunstancias para construir una campaña ganadora.
Si algún milagro ocurre y en el PAN se dan cuenta de que aun hay tiempo para acabar con su pleito interno, es probable que se percaten que la fortuna no les ha dado con la puerta en las narices y que, si se apuran, hasta pueden ganar la gubernatura.
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